Los padres no están para satisfacer tus deseos

Revista Psicología número 143
Por Carlos Odriozola, Psicólogo


Confundimos ser hijos con ser niños y, en consecuencia, creemos que nuestros padres están para atender todas nuestras necesidades.


No son reyes ni son magos, los padres son personitas con sus propias carencias, que debemos aceptar.


Cuando, como terapeutas, acompañamos a alguien en su proceso, vamos reconociendo lugares que en algunas ocasiones pillan desprevenido al paciente, que no al terapeuta. Esto es así porque, aunque el decorado vaya cambiando, los paisajes se repiten invariablemente en todos nosotros. Pues bien, uno de los paisajes que siempre contemplamos es el de las relaciones afectivas con los padres. Este es un momento de vital importancia en el proceso terapéutico, en el que es preciso detenernos para profundizar y sanear los distintos y en ocasiones contradictorios sentimientos que van apareciendo.


Admiración, rivalidad, dependencia, vergüenza, reconocimiento, rabia, miedo, rencor, culpa, alegría o agradecimiento son sólo un ejemplo de lo que nos podemos encontrar a la hora de hacer frente a los sentimientos que nos despiertan los padres.

Como ves, es una pequeña y desconcertante locura identificar tan variado abanico de sentimientos hacia una misma persona. Es lo que llamamos la ambivalencia: la coexistencia en un mismo vínculo afectivo de sentimientos contrapuestos de acercamiento y de separación. El trabajo se las trae. Son muchos años de relación, de convivencia, con un cúmulo de experiencias y recuerdos no siempre conscientes.

Cuando estoy escribiendo este artículo faltan dos días para que lleguen a nuestras casas los anhelados Reyes Magos, y quiero aprovechar su visita para que reflexiones conmigo a cerca de las dos grandes mentiras sobre las que se sujetan sus Majestades.


Las dos mentiras


La primera de ellas es que los Reyes son Melchor, Gaspar, y Baltasar. Esta mentira dura cerca de seis o siete años y, cuando descubrimos el engaño, la frustración queda maquillada porque los regalos continúan y porque la "mentirijilla" se sustituye por una nueva mentira...

Y esta segunda mentira es mucho más peligrosa y dañina que la primera:

En primer lugar porque, a diferencia de la anterior, ésta nos la creemos todos, padres e hijos; y, en segundo lugar, porque en lugar de seis años va a durar toda la vida.

La lamentable consecuencia es que terminamos confundiendo ser hijos con ser niños y, desde ahí, pensamos que nuestros padres están (de por vida) para atender y satisfacer nuestras expectativas, por no decir exigencias.

Es más, colocándonos en esa posición paterno-infantil lo tenemos facilísimo para seguir ¡a día de hoy! haciéndoles a ellos responsables únicos y directos de nuestro pasado, presente y futuro.


¿Crees que los Reyes Magos son los padres?


Es muy importante que esto te quede claro: tus padres y los míos ni son reyes ni son magos. Son personitas como tú y como yo, con sus carencias, crisis, limitaciones y frustraciones, que no pueden, aunque quisieran, colmar todas nuestras necesidades.

Así, el requisito para asumir la responsabilidad de nuestra vida y poder establecer con nuestros padres unas relaciones maduras pasa por transformar (intelectual y emocionalmente) la Idealización de lo que "deberían ser" por la aceptación de lo que son.

A partir de este momento, muchos de los motivos que tenemos de rencor o rabia pueden comenzar a transformarse en comprensión y acercamiento. Aquí comienza el proceso de humanización en el que padres e hijos nos podemos reconocer, encontrar, coincidir y discrepar, desde el convencimiento de que cada uno en función de su historia personal, educación y salud mental ha hecho lo que ha sabido o podido.

Este planteamiento, además de traer importantes consecuencias en la relación paterno filial, las trae en otras relaciones (pareja, autoridad), en las que inconscientemente tendemos a repetir la relación-molde que tenemos con nuestros padres.

Te recuerdo una vez más que todos somos todo, que aquí no hay fenómenos, y que todos más o menos calzamos entre el 33 y el 45 (padres incluidos).Y me despido confesándote algo. Cuando he releído el artículo han surgido dentro de mí dos sentimientos bien distintos. Como hijo, he conectado con un profundo agradecimiento, y como padre... con una serena liberación.